Ecultur.IT

Chi, cosa, dove, come, quando, perché?

Ecultur.it nasce dal progetto di un gruppo di docenti e ricercatori italiani all’interno della Facoltà di Lettere dell’Università di Castiglia-La Mancha nell’anno 2018, con l’obiettivo di contribuire alla diffusione della lingua e della cultura italiana in Spagna. La proposta di Ecultur.it è quella di aprire degli spazi per la circolazione, la diffusione e il dibattito su testi, articoli, produzioni letterarie, teatrali, cinematografiche, musicali che consentano di approfondire il contesto storico, letterario, culturale e sociale dell’Italia.
Benvenuti!

Ecultur.IT: ¿quién, qué, dónde, cómo, cuándo, porqué?

Ecultur.it nace como un proyecto de un grupo de docentes e investigadores italianos de la Facultad de Letras de la Universidad de Castilla-La Mancha, en el año 2018, con el objetivo de contribuir a la difusión de la lengua y la cultura italiana en España. La propuesta de Ecultur.it es abrir espacios para la circulación, la difusión y el debate sobre textos, artículos, producciones literarias, teatrales, cinematográficas, musicales que permitan profundizar en el contexto histórico, literario, cultural y social de Italia. 
¡Bienvenidos!

Un signo en el espacio. Una lección de semiosis social.

Imagen del sito de la NASA nasa.gov

En el cuento “Un signo en el espacio” de Las Cosmicómicas (Le Cosmicomiche), Calvino se cimenta en su narrativa sobre la relación entre signos y cosas, sobre las relaciones entre pensamiento, su objeto y los signos para pensarlo. En el monólogo del personaje Qfwfq aborda con ligereza la relación entre el lenguaje y su objeto que expresa un elemento relacional, un algo en relación con otro algo.

Incluso el texto dialoga, en reconocimiento, con una serie de textos en producción clásicos de literatura italiana y extranjera. En la primera versión publicada en la revista literaria Il Caffè, Calvino explicita estos diálogos que entrecruzan transversalmente su obra: << Las Cosmicómicas tienen detrás de ellas sobre todo a Leopardi, a los cómics de Popeye, a Samuel Beckett, a Giordano Bruno, a Lewis Carroll, a la pintura de Matta y en algunos casos a Landolfi, a Immanuel Kant, a Borges, a las incisiones de Grandville >> (I.Calvino, Le Cosmicomiche, en Il Caffè, XII, 4 de noviembre de 1964, p. 40).

Las Cosmicómicas son, de hecho, una colección enteramente construida sobre el diálogo. Propio con ocasión del lanzamiento de la primera edición de Cosmicomics, en noviembre de 1965 en la editorial Einaudi de Turín, Calvino preparó el texto básico de una entrevista respondiendo una pregunta central:

<< Las Cosmicómicas, ¿puede explicar primero el título?

Combinando los dos adjetivos cósmicos y cómicos en una sola palabra, traté de reunir varias cosas que son importantes para mí. En el elemento cósmico, para mí la llamada de la realidad espacial no entra tanto como el intento de volver a estar en contacto con algo mucho más antiguo. En el hombre primitivo y en los clásicos, el sentido cósmico era la actitud más natural; en su lugar, necesitamos una pantalla, un filtro, para hacer frente a cosas demasiado grandes, y esta es la función del cómic >>.

“Un signo en el espacio”. Italo Calvino.

Situado en la zona exterior de la Vía Láctea, el Sol tarda casi 200 millones de años en cumplir una revolución completa de la Galaxia.

Exacto, es el tiempo que se tarda, nada menos –dijo Qfwfq–, yo una vez al pasar hice un signo en un punto del espacio, a propósito, para poder encontrarlo doscientos millones de años después, cuando pasáramos por allí en la próxima vuelta. ¿Un signo cómo? Es difícil decirlo, porque si uno dice signo, ustedes piensan en seguida en algo que se distingue de algo, y allí no había nada que se distinguiese de nada; ustedes piensan en seguida en un signo marcado con cualquier instrumento o con las manos, instrumento o manos que después se quitan y en cambio el signo queda, pero en aquel tiempo no había instrumentos todavía, ni siquiera manos, ni dientes, ni narices, cosas todas que hubo luego, pero mucho tiempo después. Qué forma dar al signo, ustedes dicen que no es un problema, cualquiera que sea su forma, un signo basta que sirva de signo, es decir que sea distinto o igual a otros signos; también esto es fácil decirlo, pero yo en aquella época no tenía ejemplos a que remitirme para decir lo hago igual o diferente; cosas para copiar no había, y ni siquiera se sabía qué era una línea, recta o curva, o un punto, o una saliencia, o una entrada. Tenía intención de hacer un signo, eso sí, es decir, tenía intención de considerar signo cualquier cosa que me diera por hacer; así, habiendo hecho yo, en aquel punto del espacio y no en otro, algo con propósito de hacer un signo, resultó que había hecho un signo de veras.

 En fin, por ser el primer signo que se hacía en el universo, o por lo menos en el circuito de la Vía Láctea, debo decir que salió muy bien. ¿Visible? Sí, muy bien, ¿y quién tenía ojos para ver, en aquellos tiempos? Nada había sido jamás visto por nada, ni siquiera se planteaba la cuestión. Que fuera reconocible con riesgo de equivocarse, eso sí, debido a que todos los otros puntos del espacio eran iguales e indistinguibles, y en cambio éste tenía el signo. 

Así, prosiguiendo los planetas su giro y el Sistema Solar el suyo, pronto dejé el signo a mis espaldas, separados por campos interminables de espacio. Y yo no podía dejar de pensar cuándo volvería a encontrarlo, y cómo lo reconocería, y el placer que me daría, en aquella extensión anónima, después de cien mil años–luz recorridos sin tropezar con nada que me fuese familiar, nada por cientos de siglos, por miles de milenios, volver y que allí estuviera, en su lugar, tal como lo había dejado, mondo y lirondo, pero con aquel sello –digamos– inconfundible que yo le había dado. 

Lentamente la Vía Láctea se volvía sobre sí misma con sus flecos de constelaciones y de planetas y de nubes, y el Sol, junto con el resto, hacia el borde. En todo aquel carrusel sólo el signo estaba quieto, en un punto cualquiera, al reparo de cualquier órbita (para hacerlo me había asomado un poco a los márgenes de la Galaxia, de manera que quedase fuera y el girar de todos aquellos mundos no se le fuese encima), en un punto cualquiera que ya no era cualquiera desde el momento que era el único punto que seguramente estaba allí, y en relación con el cual podían definirse los otros puntos. 

Pensaba en él día y noche; es más, no podía pensar en otra cosa; es decir, era la primera ocasión que tenía de pensar en algo; o mejor, pensar en algo nunca había sido posible, primero porque faltaban cosas en qué pensar, y segundo porque faltaban los signos para pensarlas, pero desde el momento que había aquel signo, aparecía la posibilidad de que el que pensase, pensara en un signo, y por lo tanto en aquél, en el sentido de que el signo era la cosa que se podía pensar y el signo de la cosa pensada, o sea de sí mismo. 

Por lo tanto la situación era ésta: el signo servía para señalar un punto, pero al mismo tiempo señalaba que allí había un signo, cosa todavía más importante porque puntos había muchos mientras que signos sólo había aquél, y al mismo tiempo el signo era mi signo, el signo de mí, porque era el único signo que yo jamás hubiera hecho y yo era el único que jamás hubiera hecho signos. Era como un nombre, el nombre de aquel punto, y también mi nombre que yo había signado en aquel mundo, en fin, el único nombre disponible para todo lo que reclamaba un nombre. 

Transportado por los flancos de la Galaxia nuestro mundo navegaba más allá de espacios lejanísimos, y el signo estaba donde lo había dejado signando aquel punto, y al mismo tiempo me signaba, me lo llevaba conmigo, me habitaba enteramente, se entrometía entre yo y toda cosa con la que podía intentar una relación. Mientras esperaba volver a encontrarlo, podía tratar de derivar de él otros signos y combinaciones de signos, series de signos iguales y contraposiciones de signos diversos. Pero habían pasado ya decenas y decenas de millares de milenios desde el momento en que lo trazara (más todavía: desde los pocos segundos en que lo lanzaraa al continuo movimiento de la Vía Láctea) y justo ahora que necesitaba tenerlo presente en todos sus detalles (la mínima incertidumbre acerca de cómo era, volvía inciertas las posibles distinciones respecto a otros signos eventuales), me di cuenta de que, a pesar de tenerlo presente en su perfil sumario, en su apariencia general, algo se me escapaba, en fin, si trataba de descomponerlo en sus varios elementos no recordaba si entre uno y otro había esto o aquello. Hubiera debido tenerlo allí delante, estudiarlo, consultarlo, y en cambio estaba lejos, todavía no sabía cuánto porque lo había hecho justamente para saber el tiempo que tardaría en encontrarlo, y mientras no lo hubiese encontrado no lo sabría. Pero entonces lo que me importaba no era el motivo por el que lo había hecho, sino cómo era, y me puse a elaborar hipótesis sobre ese cómo y teorías según las cuales un signo determinado debía ser necesariamente de una manera determinada, o procediendo por exclusión trataba de eliminar todos los tipos de signos menos probables para llegar al justo, pero todos esos signos imaginarios se desvanecían con una labilidad incontenible porque no había aquel primer signo que sirviera de término de comparación. En este cavilar (mientras la Galaxia seguía dando vueltas insomne en su lecho de mullido vacío, como movida por el prurito de todos los mundos y los átomos que se encendían e irradiaban) comprendí que había perdido también aquella confusa noción de mi signo, y sólo conseguía concebir fragmentos de signos intercambiables entre sí, esto es, signos internos del signo, y cada cambio de esos signos en el interior del signo cambiaba el signo en un signo completamente distinto, es decir, había olvidado del todo cómo era mi signo y no había manera de hacérmelo recordar. 

¿Me desesperé? No, el olvido era fastidioso pero no irremediable. Dondequiera que fuese, sabía que el signo estaba esperándome, quieto y callado. Llegaría, lo encontraría y podría reanudar el hilo de mis razonamientos. A ojo de buen cubero, habríamos llegado ya a la mitad del recorrido de nuestra revolución galáctica; era cosa de paciencia, la segunda mitad da siempre la impresión de pasar más rápido. Ahora no debía pensar sino en que el signo estaba y en que yo volvería a pasar por allí. Pasaron los días, ahora debía de estar cerca. Temblaba de impaciencia porque podía toparme con el signo en cualquier momento. Estaba aquí, no, un poco más allá, ahora cuento hasta cien… ¿Y si no estuviera más? ¿Si lo hubiera pasado? Nada. Mi signo quién sabe dónde había quedado, atrás, completamente a trasmano de la órbita de revolución de nuestro sistema. No había contado con las oscilaciones a las que, sobre todo en aquellos tiempos, estaban sujetas las fuerzas de gravedad de los cuerpos celestes y que les hacían dibujar órbitas irregulares y quebradas como flores de dalia.

Durante un centenar de milenios me quemé las pestañas rehaciendo mis cálculos; resultó que nuestro recorrido tocaba aquel punto no cada año galáctico sino solamente cada tres, es decir, cada seiscientos millones de años solares. El que ha esperado doscientos millones de años puede esperar seiscientos; y yo esperé; el camino era largo, pero no tenía que hacerlo a pie; en ancas de la Galaxia recorría los años–luz caracoleando en las órbitas planetarias y estelares como en la grupa de un caballo cuyos cascos salpicaban centellas; mi estado de exaltación era cada vez mayor; me parecía que avanzaba a la conquista de aquello que era lo único que contaba para mí, signo y reino y nombre… 

Di la segunda vuelta, la tercera. Había llegado. Lancé un grito. En un punto que debía ser justo aquel punto, en el lugar de mi signo había un borrón informe, una raspadura del espacio mellada y machucada. Había perdido todo: el signo, el punto, eso que hacía que yo –siendo el de aquel signo en aquel punto– fuera yo. El espacio, sin signo, se había convertido en un abismo de vacío sin principio ni fin, nauseante, en el cual todo –incluso yo– se perdía. (Y no vengan a decirme que para señalar un punto, mi signo o la tachadura de mi signo daban exactamente lo mismo: la tachadura era la negación del signo, y por lo tanto no señalaba, es decir, no servía para destinguir un punto de los puntos precedentes y siguientes.) 

Me ganó el desaliento y me dejé arrastrar durante muchos años–luz como insensible. Cuando finalmente alcé los ojos (entre tanto la vista había empezado en nuestro mundo, y por consiguiente también la vida), cuando alcé los ojos vi aquello que nunca hubiera esperado ver. Vi el signo, pero no aquél, un signo semejante, un signo indudablemente copiado del mío, pero que se veía en seguida que no podía ser mío por lo grosero y descuidado y torpemente pretencioso, una ruin falsificación de lo que yo había pretendido señalar con aquel signo y cuya indecible pureza sólo ahora lograba por contraste evocar. ¿Quién me había jugado esa mala pasada? No conseguía explicármelo.

Finalmente, una plurimilenaria cadena de inducciones me llevó a la solución: en otro sistema planetario que cumplía su revolución galáctica delante de nosotros precediéndonos, había un tal Kgwgk (el nombre fue deducido posteriormente, en la época más tardía de los nombres), un tipo despechado y carcomido por la envidia que en un impulso vandálico había borrado mi signo y después se había puesto con descarado artificio a tratar de marcar otro. Era claro que aquel signo no tenía nada que señalar como no fuera la intención de Kgwgk de imitar mi signo, por lo cual no se trataba siquiera de compararlos.

Pero en aquel momento el deseo de no ceder al rival fue en mí más fuerte que cualquier otra consideración: quise en seguida trazar un nuevo signo en el espacio que fuera un verdadero signo e hiciese morir de envidia a Kgwgk.

Hacía casi setecientos millones de años que no intentaba hacer un signo, después del primero; me apliqué con empeño. Pero ahora las cosas eran distintas, porque el mundo, como les he explicado, estaba empezando a dar una imagen de sí mismo, y en cada cosa a la función comenzaba a corresponder una forma, y se creía que las formas de entonces tendrían un largo porvenir por delante (en cambio no era cierto: vean –para citar un caso relativamente reciente– los dinosaurios), y por lo tanto en este nuevo signo mío era perceptible la influencia de la manera en que por entonces se veían las cosas, llamémosle el estilo, ese modo especial que tenía cada cosa de estar ahí de cierto modo. Debo decir que quedé realmente satisfecho, y ya no se me ocurría lamentar aquel primer signo borrado, porque éste me parecía infinitamente más hermoso. Pero durante aquel año galáctico empezamos a comprender que hasta aquel momento las formas del mundo habían sido provisionales y que irían cambiando una por una. Y esta conciencia iba acompañada de un hartazgo tal de las viejas imágenes que no se podía soportar siquiera su recuerdo. Y empezó a atormentarme un pensamiento: había dejado aquel signo en el espacio, aquel signo que me había parecido tan hermoso y original y adecuado a su función, que ahora se presentaba a mi memoria en toda su jactancia fuera de lugar, como signo ante todo de un modo anticuado de concebir los signos, y de mi necia complicidad con una disposición de las cosas de la que hubiera debido saber separarme a tiempo. En una palabra, me avergonzaba de aquel signo que los mundos en vuelo seguían costeando durante siglos, dando un ridículo espectáculo de sí mismo y de mí y de aquel modo nuestro provisional de ver. Me subían ondas de rubor cuando lo recordaba (y lo recordaba continuamente), que duraban eras geológicas enteras; para esconder mi vergüenza me hundía en los cráteres de los volcanes, clavaba los dientes de remordimiento en las calotas de los glaciares que cubrían los continentes. Me carcomía pensando que Kgwgk, precediéndome siempre en el periplo de la Vía Láaea, vería el signo antes de que yo pudiese borrarlo, y como era un patán se burlaría de mí y me remedaría, repitiendo por desprecio el signo en torpes caricaturas en cada rincón de la esfera circungaláctica.

En cambio esta vez la complicada relojería astral me fue propicia. La constelación de Kgwgk no encontró el signo, mientras nuestro sistema solar volvió a caerle encima puntualmente al término del primer giro, tan cerca que pude borrar todo con el mayor cuidado. 

Ahora signos míos en el espacio no había ni uno. Podía ponerme a trazar otro, pero en adelante sabía que los signos sirven también para juzgar a quien los traza y que en un año galáctico los gustos y las ideas tienen tiempo de cambiar, y el modo de considerar los de antes depende del que viene después, en fin, tenía miedo de que lo que podía parecerme ahora signo perfecto, dentro de doscientos o seiscientos millones de años me hiciera hacer mal papel. En cambio, en mi añoranza, el primer signo vandálicamente borrado por Kgwgk seguía siendo inatacable por la mudanza de los tiempos, pues había nacido antes de todo comienzo de las formas y contenía algo que sobreviviría a todas las forrnas, es decir, el hecho de ser un signo y nada más. 

Hacer signos que no fueran aquel signo no tenía interés para mí; y aquel signo lo había olvidado hacía millares de millones de años. Por eso, como no podía hacer verdaderos signos, pero quería de algún modo fastidiar a Kgwgk, me puse a trazar signos fingidos, muescas en el espacio, agujeros, manchas, engañifas que sólo un incompetente como Kgwgk podía tomar por signos. Y, sin embargo, él se empecinaba en hacerlos desaparecer borrándolos (como comprobaba yo en los giros subsiguientes) con un empeño que debía de darle buen trabajo. (Entonces yo sembraba esos signos fingidos en el espacio para ver hasta dónde llegaba su necedad.) 

Pero observando esos borrones un giro tras otro (las revoluciones de la Galaxia se habían convertido para mí en un navegar indolente y aburrido, sin finalidad ni expectativa), me di cuenta de una cosa: con el paso de los años galácticos tendían a desteñirse en el espacio, y debajo reaparecía el que había marcado yo en aquel punto, como decía, mi falso signo. El abrimiento, lejos de desagradarme, reavivó mis esperanzas. ¡Si los borrones de Kgwgk se borraban, el primero que había hecho en aquel punto debía de haber desaparecido ya y mi signo habría recobrado su primitiva evidencia! 

Así la expectativa devolvió el ansia a mis días. La Galaxia se daba vuelta como una tortilla en su sartén inflamada, ella misma sartén chirriante y dorada fritura; y yo me freía con ella de impaciencia. 

Pero con el paso de los años galácticos el espacio ya no era aquella extensión uniformemente despojada y enjalbegada. La idea de marcar con signos los puntos por donde pasábamos, así como se nos había ocurndo a mí y a Kgwgk, la habían tenido muchos, dispersos en millones de planetas de otros sistemas solares, y continuamente tropezaba con una de esas cosas, o con un par, o directamente con una docena, simples garabatos bidimensionales, o bien sólidos de tres dimensiones (por ejemplo, poliedros) y hasta cosas hechas con más cuidado, con la cuarta dimensión y todo. ¡El caso es que llego al punto de mi signo y me encuentro cinco, todos allí! Y el mío no soy capaz de reconocerlo. Es éste, no, es este otro, pero vamos, éste tiene un aire demasiado moderno y, sin embargo, podría ser también el más antiguo, aquí no reconozco mi mano, como si pudiera ocurrírseme hacerlo así… Y entre tanto la Galaxia se deslizaba en el espacio y dejaba tras sí signos viejos y signos nuevos y yo no había encontrado el mío. 

No exagero si digo que los siguientes años galácticos fueron los peores que viví jamás. Seguía buscando, y en el espacio se espesaban los signos, en todos los mundos el que tuviera la posibilidad no dejaba ya de marcar su huella en el espacio de alguna manera, y nuestro mundo, pues, cada vez que me volvía a mirarlo, lo encontraba más atestado, tanto que mundo y espacio parecían uno el espejo del otro, uno y otro prolijamente historiados de jeroglíficos e ideogramas, cada uno de los cuales podía ser un signo y no serlo: una concreción calcárea en el basalto, una cresta levantada por el viento en la arena cuajada del desierto, la disposición de los ojos en las plumas del pavo real (poco a poco de vivir entre los signos se había llegado a ver como signos las innumerables cosas que antes estaban allí sin signar nada más que su propia presencia, se las había transformado en el signo de sí mismas y sumado a la serie de signos hechos a propósito por quien quería hacer un signo), las estrías del fuego en una pared de roca esquistosa, la cuadragesimovigesimoséptima acanaladura –un poco oblicua– de la cornisa del frontón de un mausoleo, una secuencia de estriaduras en un video durante una tormenta magnética (la serie de signos se multiplicaba en la serie de los signos de signos, de signos repetidos innumerables veces siempre iguales y siempre en cierto modo diferentes porque el signo hecho a propósito se sumaba al signo advenido allí por casualidad), la patita mal entintada de la letra R que en un ejemplar de un diario de la tarde se encontraba con una escoria filamentosa del papel, uno de los ochocientos mil desconchados de una pared alquitranada en un callejón entre los docks de Melbourne, la curva de una estadística, una frenada en el asfalto, un cromosoma… Cada tanto, un sobresalto: ¡Es aquél! Y por un segundo estaba seguro de haber encontrado mi signo, en la tierra o en el espacio, daba lo mismo, porque a través de los signos se había establecido una continuidad sin límite definido. 

En el universo ya no había un continente y un contenido, sino sólo un espesor general de signos superpuestos y aglutinados que ocupaba todo el volumen del espacio, era una salpicadura continua, menudísima, una retícula de líneas y arañazos y relieves y cortaduras, el universo estaba garabateado en todas partes, a lo largo de todas las dimensiones. No había ya modo de establecer un punto de referencia: la Galaxia continuaba dando vueltas, pero yo ya no conseguía contar los giros, cualquier punto podía ser el de partida, cualquier signo sobrepuesto a los otros podía ser el mío, pero descubrirlo no hubiese servido de nada, tan claro era que independientemente de los signos el espacio no existía y quizá no había existido nunca.”


Italo Calvino, Las Cosmicómicas, Minotauro, Barcelona, 2002.

Un segno nello spazio. Una lezione di semiotica sociale.

Immagine del sito della NASA nasa.gov

Nel racconto “Un segno nello spazio”, tratto da Le Cosmicomiche, Calvino si cimenta nella sua narrativa sul rapporto tra i segni e le cose, sulle relazioni tra il pensiero, il pensato e i segni per pensarlo. Nel monologo del personaggio Qfwfq affronta con leggerezza il rapporto tra il linguaggio e il suo oggetto che esprime un elemento relazionale, un qualcosa in relazione a qualcos’altro.

Persino il testo dialoga, nel momento del riconoscimento, con una serie di testi in produzione classici della letteratura italiana e straniera. Nella prima versione pubblicata nella rivista letteraria Il Caffè, Calvino esplicita tali dialoghi che attraversano in senso trasversale la sua opera: <<Le Cosmicomiche hanno dietro di sé soprattutto Leopardi, i comics di Popeye (Braccio di Ferro), Samuel Beckett, Giordano Bruno, Lewis Carroll, la pittura di Matta e in certi casi Landolfi, Immanuel Kant, Borges, le incisioni di Grandville>> (I.Calvino, Le Cosmicomiche, in Il Caffè, XII, 4 novembre 1964, p. 40).

Le Cosmicomiche è difatti una raccolta interamente costruita sul dialogo. Proprio in occasione dell’uscita della prima edizione delle Cosmicomiche, nel novembre del 1965 presso l’editore Einaudi di Torino, Calvino prepara il testo base di un’intervista rispondendo ad una pregunta centrale:

<<Le Cosmicomiche, può spiegarci innanzitutto il titolo?

Combinando in una sola parola i due aggettivi cosmico e comico ho cercato di mettere insieme varie cose che mi stanno a cuore. Nell’elemento cosmico per me non entra tanto il richiamo dell’attualità spaziale, quanto il tentativo di rimettermi in rapporto con qualcosa di molto più antico. Nell’uomo primitivo e nei classici il senso cosmico era l’atteggiamento più naturale; noi invece per affrontare le cose troppo grosse abbiamo bisogno d’uno schermo, d’un filtro, e questa è la funzione del comico>>.

“Un segno nello spazio”. Italo Calvino.

Situato nella zona esterna della Via Lattea, il Sole impiega circa 200 milioni d’anni a compiere una rivoluzione completa della Galassia.

Esatto, quel tempo là ci si impiega, mica meno, – disse Qfwfq. – io una volta passando feci un segno in un punto dello spazio, apposta per poterlo ritrovare duecento milioni di anni dopo, quando saremmo ripassati di lì al prossimo giro. Un segno come? È difficile dire perché se vi si dice segno voi pensate subito a qualcosa che si distingua da un qualcosa, e lì non c’era niente che si distinguesse da niente; voi pensate subito a un segno marcato con qualche arnese oppure con le mani, che poi l’arnese o le mani si tolgono e il segno invece resta, ma a quel tempo arnesi non ce n’erano ancora, e nemmeno mani, o denti, o nasi, tutte cose che si ebbero poi in seguito, ma molto tempo dopo. La forma da dare al segno, voi dite non è un problema perché, qualsiasi forma abbia, un segno basta serva da segno, cioè sia diverso oppure uguale ad altri segni: anche qui voi farete presto a parlare, ma io a quell’epoca non avevo esempi a cui rifarmi per dire lo faccio uguale o lo faccio diverso, cose da copiare non ce n’erano, e neppure una linea, retta o curva che fosse, si sapeva cos’era, o un punto, o una sporgenza o rientranza. Avevo l’intenzione di fare un segno, questo sì, ossia avevo l’intenzione di considerare segno una qualsiasi cosa che mi venisse fatto di fare, quindi avendo io, in quel punto dello spazio e non in un altro, fatto qualcosa intendendo di fare un segno, risultò che ci avevo fatto un segno davvero.

Insomma, per essere il primo segno che si faceva nell’universo, o almeno nel circuito della Via Lattea, devo dire che venne molto bene. Visibile? Sì, bravo, e chi ce li aveva gli occhi per vedere, a quei tempi là? Niente era mai stato visto da niente, nemmeno si poneva la questione. Che fosse riconoscibile senza rischio di sbagliare, questo sì: per via che tutti gli altri punti dello spazio erano uguali e indistinguibili, e invece questo aveva il segno.

Così i pianeti proseguendo nel loro giro, e il Sistema solare nel suo, ben presto mi lasciai il segno alle spalle, separato da campi interminabili di spazio. E già non potevo trattenermi dal pensare a quando sarei tornato a incontrarlo, e come l’avrei riconosciuto, e al piacere che mi avrebbe fatto, in quella distesa anonima, dopo centomila anni-luce percorsi senza imbattermi in nulla che mi fosse familiare, nulla per centinaia di secoli, per migliaia di millenni, ritornare ed eccolo lì al suo posto, tal quale come l’avevo lasciato, nudo e crudo, ma con quell’impronta – diciamo – inconfondibile che gli avevo data.

Lentamente la Via Lattea si voltava su di sé con le sue frange di costellazioni e di pianeti e di nubi, e il Sole insieme al resto, verso il bordo. In tutta quella giostra, solo il segno stava fermo, in un punto qualunque, al riparo da ogni orbita (per farlo, m’ero spostato un po’ dai margini della Galassia, in modo che restasse al largo e il rotolare di tutti quei mondi non gli venisse addosso), in un punto qualunque che non era più qualunque dal momento che era l’unico punto che si fosse sicuri che era lì, e in rapporto al quale potevano essere definiti gli altri punti.

Ci pensavo giorno e notte; anzi, non potevo pensare ad altro; ossia, era quella la prima occasione che avevo di pensare qualcosa; o meglio, pensare qualcosa non era mai stato possibile, primo perché mancavano le cose da pensare, e secondo perché mancavano i segni per pensarle, ma dal momento che c’era quel segno, ne veniva la possibilità che chi pensasse, pensasse un segno, e quindi quello lì, nel senso che il segno era la cosa che si poteva pensare e anche il segno della cosa pensata cioè di se stesso.

Dunque la situazione era questa: il segno serviva a segnare un punto, ma nello stesso tempo segnava che lì c’era un segno, cosa ancor più importante perché di punti ce n’erano tanti mentre di segni c’era solo quello, e nello stesso tempo il segno era il mio segno, il segno di me, perché era l’unico segno che io avessi mai fatto e io ero l’unico che avesse mai fatto segni. Era come un nome, il nome di quel punto, e anche il mio nome che io avevo segnato su quel punto, insomma era l’unico nome disponibile per tutto ciò che richiedeva un nome.

Trasportato dai fianchi della Galassia il nostro mondo navigava al di là di spazi lontanissimi, e il segno era là dove l’avevo lasciato a segnare quel punto, e nello stesso tempo segnava me, me lo portavo dietro, mi abitava, mi possedeva interamente, s’intrometteva tra me e ogni cosa con cui potevo tentare un rapporto. Nell’attesa di tornare a incontrarlo, potevo cercare di derivarne altri segni e combinazioni di segni, serie di segni uguali e contrapposizioni di segni diversi. Ma erano già passate decine e decine di migliaia di millenni dal momento in cui l’avevo tracciato (anzi: dai pochi secondi in cui l’avevo buttato giù nel continuo movimento della Via Lattea) e proprio ora che avevo bisogno di tenerlo presente in ogni suo particolare (la minima incertezza su com’era fatto rendeva incerte le possibili distinzioni rispetto ad altri segni eventuali) mi resi conto che, nonostante lo avessi in mente nei suoi sommari contorni, nella sua apparenza generale, pure qualcosa me ne sfuggiva, insomma, se cercavo di scomporlo nei suoi vari elementi, non mi ricordavo più se tra un elemento e l’altro facesse così oppure cosà. Avrei dovuto averlo lì davanti, studiarlo, consultarlo, mentre invece ero lontano ancora non sapevo quanto, perché l’avevo fatto proprio per sapere il tempo che ci avrei messo a ritrovarlo, e finché non l’avessi ritrovato non l’avrei saputo. Adesso però non era il motivo per cui l’avevo fatto che m’importava, ma il com’era fatto, e mi misi a fare ipotesi su questo come, e teorie secondo le quali un dato segno doveva essere necessariamente in un dato modo, o procedendo per esclusione provavo a eliminare tutti i tipi di segni meno probabili per arrivare a quello giusto, ma tutti questi segni immaginari svanivano con una labilità inarrestabile perché non c’era quel primo segno a far da termine di confronto. In questo arrovellarmi (mentre la galassia continuava a rigirarsi insonne nel suo letto di morbido vuoto, come mossa dal prurito di tutti i mondi e gli atomi che s’accendevano e radiavano) capii che ormai avevo perso anche quella confusa nozione del mio segno, e riuscivo a concepire solo frammenti di segni intercambiabili fra loro, cioè segni interni al segno, e ogni cambiamento di questi segni all’interno del segno cambiava il segno in un segno completamente diverso, ossia m’ero bell’e dimenticato di come il mio segno fosse e non c’era verso di farmelo tornare in mente.

Mi disperai? No, la dimenticanza era seccante, ma non irrimediabile. Comunque andasse, sapevo che il segno era là ad aspettarmi, fermo e zitto. Ci sarei arrivato, l’avrei ritrovato e avrei potuto riprendere il filo dei miei ragionamenti. A occhio e croce, dovevamo essere arrivati già a metà percorso della nostra rivoluzione galattica: ci voleva pazienza, la seconda metà dà sempre l’impressione di passare più alla svelta. Adesso non dovevo pensare ad altro che al fatto che il segno c’era e che sarei ripassato di lì.

Un giorno dopo l’altro, ormai dovevo esser vicino. Fremevo d’impazienza perché mi potevo imbattere nel segno a ogni istante. Era qui, no, un po’ più in là, ora conto fino a cento… che non ci fosse più? Che l’avessi già passato? Niente. Il mio segno era rimasto chissà dove, indietro, completamente fuori mano rispetto all’orbita di rivoluzione del nostro sistema. Non avevo fatto i conti con le oscillazioni cui, specie a quei tempi, erano soggette le forze di gravità dei corpi celesti e che li portavano a disegnare orbite irregolari e frastagliate come fiori di dahlia. Per un centinaio di millenni mi arrovellai a rifare i miei calcoli: risultò che il nostro percorso toccava quel punto non ogni anno galattico ma soltanto ogni tre, cioè ogni seicento milioni di anni solari. Chi ha aspettato duecento milioni di anni può aspettarne anche seicento; e io aspettai; la via era lunga ma non dovevo mica farla a piedi; in groppa alla Galassia percorrevo gli anni-luce caracollando sulle orbite planetarie e stellari come in sella ad un cavallo dagli zoccoli sprizzanti scintille; ero in uno stato di esaltazione via via crescente; mi pareva di avanzare alla conquista di ciò che per me solo contava, segno e regno e nome…

Feci il secondo giro, il terzo. C’ero. Lanciai un grido. In un punto che doveva proprio essere quel punto, al posto del mio segno c’era un fregaccio informe, un’abrasione dello spazio slabbrata e pesta. Avevo perduto tutto: il segno, il punto, quello che faceva sì che io – essendo quello di quel segno in quel punto – fossi io. Lo spazio, senza segno, era tornato una voragine di vuoto senza principio né fine, nauseante, in cui tutto – me compreso – si perdeva. (E non mi si venga a dire che, per segnare un punto, il mio segno o la cancellatura del mio segno facevano proprio lo stesso: la cancellatura era la negazione del segno, e quindi non segnava, cioè non serviva a distinguere un punto dai punti precedenti e seguenti).

Lo sconforto mi prese e mi lasciai trascinare molti anni-luce come privo di sensi. Quando finalmente alzai gli occhi (nel frattempo, la vista era cominciata nel nostro mondo, e di conseguenza anche la vita), quando alzai gli occhi vidi lì quel che non mi sarei mai aspettato di vedere. Lo vidi, il segno, ma non quello, un segno simile, un segno senza dubbio copiato dal mio, ma che si capiva subito che non poteva essere il mio, tozzo com’era e sbadato e goffamente pretenzioso, una laida contraffazione di quello che io avevo inteso segnare in quel segno e la cui indicibile purezza solo ora riuscivo – per contrasto – a rievocare. Chi mi aveva giocato questo tiro? Non riuscivo a darmene ragione. Finalmente, una plurimillenaria catena d’induzioni mi portò alla soluzione: su di un altro sistema planetario che compiva la sua rivoluzione galattica innanzi a noi, stava un certo Kgwgk (il nome fu dedotto in seguito, nella più tarda epoca dei nomi), tipo dispettoso e divorato dall’invidia, che in un impulso vandalico aveva cancellato il mio segno e poi s’era messo con sguaiato artificio a tentare di marcarne un altro.

Era chiaro che quel segno non aveva niente da segnare se non l’intenzione di Kgwgk d’imitare il mio segno, per cui non c’era nemmeno da metterli al confronto. Ma in quel momento, il desiderio di non darla vinta al rivale fu in me più forte di ogni altra considerazione: volli subito tracciare un nuovo segno nello spazio che fosse un vero segno e facesse morire d’invidia Kgwgk. Erano pressapoco settecento milioni di anni che non mi provavo più a fare un segno, dopo quel primo: mi ci rimisi di lena. Ma adesso le cose erano diverse, perché il mondo, come vi ho accennato, stava cominciando a dare un’immagine di sé, e in ogni cosa alla funzione cominciava a corrispondere una forma, e le forme di allora si credeva che avessero un lungo avvenire davanti a sé (invece non era vero: vedi – per rifarci a un caso relativamente recente – i dinosauri), e quindi in questo mio nuovo segno era sensibile l’influenza di come allora si vedevamo le cose, chiamiamolo lo stile, quel modo speciale che ogni cosa aveva di star lì in un certo modo. Devo dire che io ne fui proprio soddisfatto, e non mi veniva più da rimpiangere quel primo segno cancellato, perché questo mi pareva enormemente più bello.

Ma già nella durata di quell’anno galattico, si cominciò a capire che fino a quel momento le forme del mondo erano state provvisorie e che sarebbero cambiate una per una. E a questa consapevolezza s’accompagnò un fastidio per le vecchie immagini, tale che non se ne poteva soffrire nemmeno il ricordo. E io cominciai a essere tormentato da un pensiero: avevo lasciato quel segno nello spazio, quel segno che m’era parso tanto bello e originale e adatto alla sua funzione, e che adesso appariva alla mia memoria in tutta la sua pretenziosità fuor di luogo, come segno innanzitutto d’un modo antiquato di conoscere i segni, e della mia sciocca complicità con un assetto delle cose da cui avrei dovuto sapermi distaccare in tempo. Insomma, mi vergognavo di quel segno che continuava per secoli a esser costeggiato dai mondi in volo, dando un ridicolo spettacolo di sé e di me e di quel nostro modo di vedere provvisorio. Delle vampe di rossore mi prendevano quando lo ricordavo (e lo ricordavo continuamente), che duravano intere ere geologiche: per nascondere la mia vergogna sprofondavo nei crateri dei vulcani, affondavo i denti per il rimorso nelle calotte delle glaciazioni che coprivano i continenti. Ero assillato dal pensiero che Kgwgk, precedendomi sempre nel periplo della Via Lattea, avrebbe visto il segno prima che io lo potessi cancellare, e da quel villanzone che era mi avrebbe deriso e fatto il verso, ripetendo per spregio il segno in rozze caricature per ogni angolo della sfera circumgalattica.

Invece stavolta la complicata orologeria astrale mi fu favorevole. La costellazione di Kgwgk non incontrò il segno, mentre il nostro sistema solare ripiombò lì puntualmente al termine del primo giro, così accosto che ebbi modo di cancellare tutto con la massima cura.

Adesso, di segni miei nello spazio non ce n’era neanche uno. Potevo mettermi a tracciarne un altro, ma ormai sapevo che i segni servono anche a giudicare chi li traccia, e che in un anno galattico i gusti e le idee hanno tempo di cambiare, e il modo di considerare quelli di prima dipende da quel che viene dopo, insomma avevo paura che quello che ora mi poteva apparire un segno perfetto, tra duecento o seicento milioni di anni mi avrebbe fatto fare brutta figura. Invece, nel mio rimpianto, il primo segno, vandalicamente cancellato da Kgwgk, restava inattaccabile dal mutare dei tempi, come quello che era nato prima d’ogni inizio delle forme e che doveva contenere qualcosa che a tutte le forme sarebbe sopravvissuto, cioè il fatto di essere segno e basta.

Fare segni che non fossero quel segno non aveva più interesse per me; e quel segno l’avevo dimenticato ormai da miliardi di anni. Così, non potendo fare dei veri segni, ma volendo in qualche modo dar fastidio a Kgwgk, mi misi a fare dei segni finti, delle tacche nello spazio, dei buchi, delle macchie, trucchetti che solo un incompetente come Kgwgk poteva scambiare per segni. Eppure egli si accaniva a farli sparire sotto le sue cancellature (come constatavo nei giri susseguenti), con un impegno che doveva ben costargli fatica. (Io adesso seminavo di questi finti segni lo spazio, per vedere fino a che punto arrivava la sua dabbenaggine).

Ora, osservando questa cancellature un giro dopo l’altro (le rivoluzioni della Galassia ormai erano diventate per me un navigare pigro e annoiato, senza scopo né attesa), mi resi conto di una cosa: col passare degli anni galattici esse tendevano a sbiadire nello spazio, e sotto riaffiorava quello che avevo marcato io in quel punto, il mio – come dicevo – finto-segno. La scoperta, lungi dallo spiacermi, mi riaccese di speranza. Se le cancellature di Kgwgk si cancellavano, la prima che egli aveva fatta, là in quel punto, doveva essere ormai sparita, e il mio segno doveva essere tornato alla sua primitiva evidenza!

Così l’attesa tornò a dare ansia ai miei giorni. La Galassia si voltava come una frittata nella sua padella infuocata, essa stessa padella friggente e dorato pesce-d’uovo; ed io friggevo con lei per l’impazienza.

Ma nel passar degli anni galattici lo spazio non era più quella distesa uniformemente brulla e scialba. L’idea di marcare con dei segni i punti dove si passava, così com’era venuta a me e a Kgwgk, l’avevano avuta in tanti, sparsi su miliardi di pianeti d’altri sistemi solari, e continuamente m’imbattevo in uno di questo cosi, o un paio, o addirittura una dozzina, semplici ghirigori bidimensionali, oppure solidi a tre dimensioni (per esempio, dei poliedri), o anche roba messa su con più accuratezza, con la quarta dimensione e tutto. Fatto sta che arrivo al punto del mio segno, e ce ne trovo cinque, tutti lì. E il mio non son buono a riconoscerlo. È questo, no è quest’altro, macché, questo ha l’aria troppo moderna, eppure potrebbe anche essere il più antico, qui non riconosco la mia mano, figuriamoci se a me veniva in mente di farlo così… E intanto la Galassia scorreva nello spazio e si lasciava dietro segni vecchi e segni nuovi e io non avevo ritrovato il mio.

Non esagero dicendo che quelli che seguirono furono gli anni galattici peggiori che avessi mai vissuto. Andavo avanti a cercare, e nello spazio si infittivano i segni, da tutti i mondi chiunque ne avesse la possibilità ormai non mancava di marcare la sua traccia nello spazio in qualche modo, e il nostro mondo pure, ogni volta che mi voltavo, lo trovavo più gremito, tanto che mondo e spazio parevano uno lo specchio dell’altro, l’uno e l’altro minutamente istoriati di geroglifici e ideogrammi, ognuno dei quali poteva essere un segno e non esserlo: una concrezione calcarea sul basalto, una cresta sollevata dal vento sulla sabbia rappresa del deserto, la disposizione degli occhi nelle piume del pavone (pian piano il vivere tra i segni aveva portato a vedere come segni le innumerevoli cose che prima stavano lì senza segnare altro che la propria presenza, le aveva trasformate nel segno di se stesse e sommate alla serie dei segni fatti apposta da chi voleva fare un segno), le striature del fuoco contro una parete di roccia scistosa, la quattrocentoventisettesima scanalatura – un po’ di sbieco – della cornice del frontone d’un mausoleo, una sequenza di striature su un video durante una tempesta magnetica (la serie di segni si moltiplicava nella serie dei segni di segni, di segni ripetuti innumerevoli volte sempre uguali e sempre in qualche modo differenti perché al segno fatto apposta si sommava il segno capitato lì per caso), la gamba male inchiostrata della lettera R che in una copia d’un giornale della sera s’incontrava con una scoria filamentosa della carta, una tra le ottocentomila scrostature di un muro incatramato in un’intercapedine dei docks di Melbourne, la curva d’una statistica, una frenata sull’asfalto, un cromosoma… Ogni tanto, un soprassalto: È quello! e per un secondo era sicuro d’aver ritrovato il mio segno, sulla terra o nello spazio non faceva differenza perché attraverso i segni s’era sta- bilita una continuità senza più un netto confine.

Nell’universo ormai non c’erano più un contenente e un contenuto, ma solo uno spessore generale di segni sovrapposti e agglutinati che occupava tutto il volume dello spazio, era una picchiettatura continua, minutissima, un reticolo di linee e graffi e rilievi e incisioni, l’universo era scarabocchiato da tutte le parti, lungo tutte le dimensioni. Non c’era più modo di fissare un punto di riferimento: la galassia continuava a dar volta ma io non riuscivo più a contare i giri, qualsiasi punto poteva essere quello di partenza, qualsiasi segno accavallato agli altri poteva essere il mio, ma lo scoprirlo non sarebbe servito a niente, tanto era chiaro che indipendentemente dai segni lo spazio non esisteva e forse non era mai esistito.

Italo Calvino, Un segno nello spazio, tratto da Le Cosmicomiche, Einaudi, 1965.

El diálogo entre textos: el elemento relacional

Umberto Eco: sobre Semiótica y Pragmatismo

Photo by fotografierende on Pexels.com

Si Calvino define los clásicos a partir de la relación que se instaura entre el texto en producción y sus receptores que dialogan con él:

7. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres).

8. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres).

12. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce en seguida su lugar en la genealogía.

Umberto Eco, en la entrevista que se transcribe, aborda el elemento relacional en el tema de la interpretación del texto en producción que viene reelaborada por los textos receptores los cuales, reconociendo su valor, dialogan con él y lo reinterpretan.

Yo fui ampliamente influenciado, en el comienzo de mi carrera filosófica, por Luigi Pareyson, cuya filosofía de la interpretación era en realidad una forma de hermenéutica. Es por esa razón que décadas después yo encuentro el pensamiento de C.S.Pierce, y fui conquistado por su teoría de la interpretación como la categoría unitiva capaz de explicar cómo la mente y los lenguajes (y aun la naturaleza) trabajan. Pero una característica central de la filosofía de Pareyson era que cada acto de interpretación envuelve tanto la libertad como la fidelidad (o respeto). Usted es libre porque está mirando algo desde su propia perspectiva, pero usted está mirando algo. Esa dialéctica entre libertad y lealtad todavía permanece central en mi pensamiento y en el modo en que trabajado sobre la noción de Pierce de semiosis sin límites.

<<The Harvard Review of Philosophy: La mayor parte del trabajo académico se ha centrado sobre el campo de la semiótica. ¿Qué es exactamente semiótica? ¿Cuáles, en su visión, son sus objetivos?

Umberto Eco: La respuesta técnica debería ser que es el estudio de la semiosis en todos sus aspectos, pero en este punto antes yo definiría semiosis. Y puesto que tengo escritos varios libros sobre este tema probablemente no sería apropiado o adecuado responder en pocas frases (de otro modo, todos esos libros habrían sido innecesarios, lo que no puedo admitir). En términos académicos no considero la semiótica como una disciplina, ni aun como una división, sino quizás como una escuela, como una red interdisciplinaria, que estudia los seres humanos tanto como ellos producen signos, y no únicamente los verbales.

El estudio de un sistema específico de signos es usualmente llamado “semiótica de”. Por ejemplo, la linguística es una semiótica del lenguaje verbal; hay, también, una semiótica de las luces de tráfico. La diferencia entre un lenguaje como el inglés y el sistema de luces de tráfico es que el último es más simple que el primero. Entonces, hay una aproximación general a la totalidad de la conducta semiótica, y yo llamo a este estudio la semiótica general. En este sentido, la semiótica demanda algunas cuestiones filosóficas fundamentales.

Trato de imaginar una filosofía del lenguaje que, en lugar de analizar solamente nuestra conducta verbal, analiza cada clase de la producción de signos y la interpretación. La semiótica general es para mí una forma de filosofía –para ser honesto, pienso que es la única forma aceptable de filosofía hoy. Después de todo, cuando Aristóteles dice que el Ser puede ser dicho en varios modos, él caracteriza la filosofía como una investigación semiótica.

The Harvard Review of Philosophy: Claramente, usted ha encontrado que la ficción le permite llevar a cabo algo distinto de lo que usted ha efectuado en su trabajo crítico y filosófico. Cuando usted escribe novelas, ¿en qué sentido su punto de vista sobre cuestiones filosóficas es diferente de lo que usted hace como teórico?

Umberto Eco: Su pregunta permite dos diferentes respuestas dado que, de hecho, concierne a dos problemas diferentes, respectivamente: a) la psicología de la creación literaria; y b) el rol de la literatura en el debate filosófico, especialmente hoy. Para el primer punto, yo diría que cuando comienzo una novela no pienso en ninguna cuestión filosófica específica. Comienzo con una imagen, una situación, y no sé a dónde estoy yendo. Solamente después comprendo que, de algún modo, he tratado con problemas filosóficos –lo cual no es tan inexplicable, porque ellos son mis problemas. En este punto comprendo, cuando trato con problemas filosóficos en una modo ensayístico, que trato de alcanzar una conclusión, una unívoca, listo para defenderla –aun cuando soy consciente de que en orden de búsqueda esa conclusión la he recortado de otros posibles modos de mirar el mismo problema.

Por el contrario, cuando escribo una novela tengo una impresión de poner en escena, y trato de representar el hecho de que las conclusiones pueden ser muchas. En otras palabras, ofrezco a los lectores una serie de preguntas, no respuestas. Traducir todo esto en términos de una metáfora “filosófica”: escribir trabajos eruditos es como escribir el Tractatus, mientras que escribir una novela es más como escribir las Investigaciones Filosóficas.

Esto nos lleva a la segunda parte de la pregunta. Un número considerable de filósofos de nuestro tiempo han usado creaciones literarias como un campo para tratar problemas filosóficos: hay filósofos que se reflejan en Kafka, en Mann, o en Proust. Ellos usan la literatura como algunos filósofos griegos usaron el mito, una representación de final abierto y problemática de los problemas humanos –no sólo porque los discursos poéticos o narrativos no son aceptados o se rechazan (pasan o fracasan) sino porque pueden ser explorados como una fuente de cuestiones interminables.

The Harvard Review of Philosophy: Sus escritos, sus ficciones, son interpretadas por sus diversos lectores en numerosos modos diferentes. ¿Cuál es la diferencia entre interpretación y falsa interpretación?

Umberto Eco: Yo fui ampliamente influenciado, en el comienzo de mi carrera filosófica, por Luigi Pareyson, cuya filosofía de la interpretación era en realidad una forma de hermenéutica. Es por esa razón que décadas después yo encuentro el pensamiento de C.S.Pierce, y fui conquistado por su teoría de la interpretación como la categoría unitiva capaz de explicar cómo la mente y los lenguajes (y aun la naturaleza) trabajan. Pero una característica central de la filosofía de Pareyson era que cada acto de interpretación envuelve tanto la libertad como la fidelidad (o respeto). Usted es libre porque está mirando algo desde su propia perspectiva, pero usted está mirando algo. Esa dialéctica entre libertad y lealtad todavía permanece central en mi pensamiento y en el modo en que trabajado sobre la noción de Pierce de semiosis sin límites (ver, por ejemplo, los recientes ensayos de mi libro Los límites de la interpretación).

Para ponerlo todo de un modo tosco: todavía creo que hay un nivel literal en el lenguaje, un grado cero. La interpretación comienza desde ese nivel y no puedo ignorarlo. ¿Puede usted leer Finnegan’s Wake como una libre interpretación de Lo que el viento se llevó? Si la respuesta es “No” (y esto es “No”-no sea tonto), esto significa que algunas interpretaciones de un texto simplemente no pueden ser aceptadas con una interpretación de ese texto. Entonces, si me pregunta (y yo he hecho algo similar a esto es mis parodias literarias publicadas ahora en inglés como Miweadings), soy capaz de escribir un ensayo en cual yo leo Joyce como si él fuera Margaret Mitchell. Usted puede decir –y yo acordaría- que aun esto es un modo de interpretar un texto. Pero usted admitiría que hay, en el trabajo de la interpretación, grados de fidelidad. Puedo tocar Chopin con una ocarina y tal ejercicio puede ser hermenéuticamente fructífero, pero generalmente la gente admite que una buena interpretación de Cortot es más íntima con Chopin, y pienso que la gente tiene razón.

The Harvard Review of Philosophy: Las figuras literarias de Santo Tomás de Aquino y James Joyce han figurado de modo prominente en sus escritos. ¿Qué es lo que le atrae de Aquino y Joyce?

Umberto Eco: Yo encuentro un autor por muchas razones, y no hay programa previo. Es como enamorarse: sucede, y es estúpido preguntarse “¿por qué con X antes que con Y?”. Entonces, más tarde en mi vida, usted podría pensar que hay algo como un proyecto, pero por supuesto eso es solamente una ilusión teleológica. Para jugar el juego de la ilusión teleológica, veo estas dos personas (Aquino y Joyce) como muy complementarias para mi educación: uno parece trabajar para producir Orden, pero su ordenado mundo oculta un sutil modo de dislocar la totalidad de la tradición previa; el otro aparenta jugar con la Aventura y el Desorden, pero para hacer eso él necesita estructuras ordenadas subterráneamente. La bella “horrible simetría”, ¿no es así? Ciertamente, eso no depende de un argumento intencional. Pero, ¿quién sabe?

The Harvard Philosophical Review: ¿Por qué el pragmatismo norteamericano en general, y el pragmatista y filósofo de Harvard, C.S.Pierce, ha atraído en particular tanto atención del continente europeo?

Umberto Eco: Sobre el pragmatismo norteamericano distinguiría entre el pragmatismo de James o de Dewey, y la filosofía de Pierce –usted sabe que él estaba irritado por la versión jamesiana de sus ideas y decidió llamar “pragmaticismo” a su filosofía, para distinguirla así del pragmatismo (dijo que nadie robaría una palabra tan fea). El pragmatismo norteamericano en el sentido de James y de Dewey tuvo muchos seguidores en Italia en la primera mitad de nuestro siglo, y eso sucedió como una reacción al idealismo de Croce y de Gentile. Pierce fue redescubierto principalmente en la segunda mitad del siglo, y es su aspecto semiótico el que fascinó a los europeos (a propósito, ese aspecto fue el menos considerado entre los pocos felices que estudiaron a Pierce en Estados Unidos hasta poco). Pierce fue estudiado porque el enfoque estructuralista semiótico había privilegiado el modelo linguístico, y Pierce fue consciente de la enorme variedad de signos que nosotros producimos y usamos.

The Harvard Review of Philosophy: ¿Cómo distingue usted entre la filosofía analítica y la continental?

Umberto Eco: Cada intento de distinguir entre la filosofía analítica y la continental de acuerdo a sus problemas, preguntas y respuestas, es erróneo. Y a cada paso uno puede descubrir que hay más en común de lo que la gente usualmente cree. Sin embargo, lo que es común está encubierto, como si desde ambas partes uno trabajara para interpretar ambos universos como mutuamente impenetrables. Para explicar la real diferencia, permítame usar una analogía concerniente a la diferencia entre la filosofía medieval y la moderna. Los escolásticos estaban continuamente innovando pero ellos trataron de disimular cualquier innovación, presentándolas como un comentario de una tradición unificada. Por el contrario, los filósofos modernos, como Descartes, pretendían comenzar con una “tabula rasa”, poniendo la tradición previa al revés y dejándola en duda. Bueno, pienso que la filosofía analítica todavía tiene una actitud medieval: pareciera que cada discurso espera comenzar desde uno previo, reconociendo todos una suerte de canon, por ejemplo el de Frege. En esta línea de pensamiento uno tiene que respetar una jerga filosófica común, empezar desde una colección de cuestiones canónicas, y cualquier nuevo propósito debe contener la forma de aquel corpus de preguntas y respuestas. Los filósofos continentales tratan de mostrar que ellos no tienen nada que ver con los discursos filosóficos previos, aunque ellos están trasladando viejos problemas en un nuevo lenguaje filosófico. Sé que hay otras diferencias, pero acentúo ésta, la cual está basada más en una diferencia de estilo filosófico que en una serie diferente de contenidos o métodos.

The Harvard Review of Philosophy: El filósofo inglés del siglo XVII, John Locke, afirmó con fama en su Ensayo sobre el entendimiento humano, que “aun las ideas son signos”, y Pierce parece también haber sostenido esta posición. ¿Puede la mente estar estructurada verdaderamente como un proceso de signos? Si no, ¿cuál es entonces el real “sujeto” de la semiótica?

Umberto Eco: La idea de que los conceptos o ideas son signos es más antigua que aquel pensamiento de Ockham, por ejemplo. Pero puede ser encontrada aun antes. Asumamos que algo sucede en la así llamada Mente. Si Mente = Cerebro, entonces lo que sucede son ciertos estados físicos; si no, lo dejo libre de decidir qué diablos puede ser eso. Ciertamente, ellas no son cosas. Pero, a través de la Mente somos capaces de pensar las cosas. Por lo tanto, lo que sucede en la Mente, sea lo que sea, aun una danza de pequeños gnomos, se sitúa para alguna otra cosa. Esto (aliquid stat pro aliquo) es la definición de signo, o del proceso semiótico, desde los tiempos antiguos. Por lo tanto, la Mente es un asunto semiótico.

The Harvard Review of Philosophy: En años recientes, la vida intelectual en los Estados Unidos se ha centrado alrededor de un furioso debate sobre la política natural del conocimiento. Como un europeo y un intelectual asentado en la tradición occidental, ¿cómo ve esta controversia?

Umberto Eco: En las escuelas europeas de altos estudios se comienza leyendo Homero y Virgilio a la edad de 12 años y a la edad de 16 años se supone que usted conoce todo sobre Platón y Aristóteles. Pero nunca se lee la Biblia, y ni hablar del Corán; los principios del Budismo son citados solamente cuando se habla de ciertos filósofos europeos, y únicamente aquéllos que estudian antropología cultural en la universidad oyen sobre los mitos africanos. Este es un curriculum equivocado, por su eurocentrismo. Pero igualmente equivocado (y racista) sería dar a los estudiantes negros acceso solamente a culturas no occidentales, manteniéndolos lejos de Platón y Aristóteles. Es verdad que, como sugiere Benjamin Lee Whorf, la física nuclear contemporánea probablemente pueda expresarse mejor en hopi que en inglés, pero una gran parte de la ciencia moderna puede ser entendida solamente si uno comprende ciertos principios fundamentales del legado occidental; conocerlos es un derecho para cada ser humano. El problema de la curricula para mañana es cómo proveer una cultura completa (lo que los griegos llamaban una enkykliospaideia, una educación circular), que será enkyklios precisamente porque no será únicamente eurocéntrica.>>.

Entrevista de Chon-Min Hong, David Lurie y Jiro Tanaka.
Publicado originalmente en The Harvard Review of Philosophy, Primavera 1993, Harvard University.

Traducción disponible al enlace https://www.observacionesfilosoficas.net/umbertoeco.html

¿Porqué leer los clásicos?

Italo Calvino en su libro contesta de esta forma.

<<Empecemos proponiendo algunas definiciones.

1. Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: «Estoy releyendo…» y nunca «Estoy leyendo …».

Es lo que ocurre por lo menos entre esas personas que se supone «de vastas lecturas»; no vale para la juventud, edad en la que el encuentro con el mundo, y con los clásicos como parte del mundo, vale exactamente como primer encuentro. El prefijo iterativo delante del verbo «leer» puede ser una pequeña hipocresía de todos los que se avergüenzan de admitir que no han leído un libro famoso. Para tranquilizarlos bastará señalar que por vastas que puedan ser las lecturas «de formación» de un individuo, siempre queda un número enorme de obras fundamentales que uno no ha leído. Quien haya leído todo Heródoto y todo Tucídides que levante la mano. ¿Y Saint-Simon? ¿Y el cardenal de Retz? Pero los grandes ciclos novelescos del siglo XIX son también más nombrados que leídos. En Francia se empieza a leer a Balzac en la escuela, y por la cantidad de ediciones en circulación se diría que se sigue leyendo después, pero en Italia, si se hiciera un sondeo, me temo que Balzac ocuparía los últimos lugares. Los apasionados de Dickens en Italia son una minoría reducida de personas que cuando se encuentran empiezan en seguida a recordar personajes y episodios como si se tratara de gentes conocidas. Hace unos años Michel Butor, que enseñaba en Estados Unidos, cansado de que le preguntaran por Emile Zola, a quien nunca había leído, se decidió a leer todo el ciclo de los Rougon-Macquart. Descubrió que era completamente diferente de lo que creía: una fabulosa genealogía mitológica y cosmogónica que describió en un hermosísimo ensayo. Esto para decir que leer por primera vez un gran libro en la edad madura es un placer extraordinario: diferente (pero no se puede decir que sea mayor o menor) que el de haberlo leído en la juventud. La juventud comunica a la lectura, como a cualquier otra experiencia, un sabor particular y una particular importancia, mientras que en la madurez se aprecian (deberían apreciarse) muchos detalles, niveles y significados más. Podemos intentar ahora esta otra definición:

2. Se llaman clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.

En realidad, las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por impaciencia, distracción, inexperiencia en cuanto a las instrucciones de uso, inexperiencia de la vida. Pueden ser (tal vez al mismo tiempo) formativas en el sentido de que dan una forma a la experiencia futura, proporcionando modelos, contenidos, términos de comparación, esquemas de clasificación, escalas de valores, paradigmas de belleza: cosas todas ellas que siguen actuando, aunque del libro leído en la juventud poco o nada se recuerde. Al releerlo en la edad madura, sucede que vuelven a encontrarse esas constantes que ahora forman parte de nuestros mecanismos internos y cuyo origen habíamos olvidado. Hay en la obra una fuerza especial que consigue hacerse olvidar como tal, pero que deja su simiente. La definición que podemos dar será entonces:

3. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.

Por eso en la vida adulta debería haber un tiempo dedicado a repetir las lecturas más importantes de la juventud. Si los libros siguen siendo los mismos (aunque también ellos cambian a la luz de una perspectiva histórica que se ha transformado), sin duda nosotros hemos cambiado y el encuentro es un acontecimiento totalmente nuevo. Por lo tanto, que se use el verbo «leer» o el verbo «releer» no tiene mucha importancia. En realidad podríamos decir:

4. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.

5. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura.

La definición 4 puede considerarse corolario de ésta:

6. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.

Mientras, que la definición 5 remite a una formulación más explicativa, como:

7. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres).

Esto vale tanto para los clásicos antiguos como para los modernos. Si leo la Odisea leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras de Ulises han llegado a significar a través de los siglos, y no puedo dejar de preguntarme si esos significados estaban implícitos en el texto o si son incrustaciones o deformaciones o dilataciones. Leyendo a Kafka no puedo menos que comprobar o rechazar la legitimidad del adjetivo «kafkiano» que escuchamos cada cuarto de hora aplicado a tuertas o a derechas. Si leo Padres e hijos de Turguéniev o Demonios de Dostoyevski, no puedo menos que pensar cómo esos personajes han seguido reencarnándose hasta nuestros días. La lectura de un clásico debe depararnos cierta sorpresa en relación con la imagen que de él teníamos. Por eso nunca se recomendará bastante la lectura directa de los textos originales evitando en lo posible bibliografía crítica, comentarios, interpretaciones. La escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión; en cambio hacen todo lo posible para que se crea lo contrario. Por una inversión de valores muy difundida, la introducción, el aparato crítico, la bibliografía hacen las veces de una cortina de humo para esconder lo que el texto tiene que decir y que sólo puede decir si se lo deja hablar sin intermediarios que pretendan saber más que él. Podemos concluir que:

8. Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima.

El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos; a veces descubrimos en él algo que siempre habíamos sabido (o creído saber) pero no sabíamos. que él había sido el primero en decirlo (o se relaciona con él de una manera especial). Y ésta es también una sorpresa que da mucha satisfacción, como la da siempre el descubrimiento de un origen, de una relación, de una pertenencia. De todo esto podríamos hacer derivar una definición del tipo siguiente:

9. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.

Naturalmente, esto ocurre cuando un clásico funciona como tal, esto es, cuando establece una relación personal con quien lo lee. Si no salta la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor. Salvo en la escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después «tus» clásicos. La escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección; pero las elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier escuela. Sólo en las lecturas desinteresadas puede suceder que te tropieces con el libro que llegará a ser tu libro. Conozco a un excelente historiador del arte. Hombre de vastísimas lecturas, que entre todos los libros ha concentrado su predilección más honda en Las aventuras dePickwick, y con cualquier pretexto cita frases del libro de Dickens, y cada hecho de la vida lo asocia con episodios Pickwickianos. Poco a poco él mismo, el universo, la verdadera filosofía han adoptado la forma de Las aventuras de Pickwick en una identificación absoluta. Llegamos por este camino a una idea de clásico muy alta y exigente:

10. Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes.

Con esta definición nos acercamos a la idea del libro total, como lo soñaba Mallarmé. Pero un clásico puede establecer una relación igualmente fuerte de oposición, de antítesis. Todo lo que Jean-Jacques Rousseau piensa y hace me interesa mucho, pero todo me inspira un deseo incoercible de contradecirlo, de criticarlo, de discutir con él. Incide en ello una antipatía personal en el plano temperamental, pero en ese sentido me bastaría con no leerlo, y en cambio no puedo menos que considerarlo entre mis autores. Diré por tanto:

11. Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.

Creo que no necesito justificarme si empleo el término «clásico» sin hacer distingos de antigüedad, de estilo, de autoridad. Lo que para mí distingue al clásico es tal vez sólo un efecto de resonancia que vale tanto para una obra antigua como para una moderna pero ya ubicada en una continuidad cultural. Podríamos decir:

12. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce en seguida su lugar en la genealogía.

Al llegar a este punto no puedo seguir aplazando el problema decisivo que es el de cómo relacionar la lectura de los clásicos con todas las otras lecturas que no son de clásicos. Problema que va unido a preguntas como: «Por qué leer los clásicos en vez de concentrarse en lecturas que nos hagan entender más a fondo nuestro tiempo?» y «¿Dónde encontrar el tiempo y la disponibilidad de la mente para leer los clásicos, excedidos como estamos por el alud de papel impreso de la actualidad?». Claro que se puede imaginar una persona afortunada que dedique exclusivamente el «tiempo-lectura» de sus días a leer a Lucrecio, Luciano, Montaigne, Erasmo, Quevedo, Marlowe, el Discurso del método, el Wilhelm Meister, Coleridge, Ruskin, Proust y Valéry, con alguna divagación en dirección a Murasaki o las sagas islandesas. Todo esto sin tener hacer reseñas de la última reedición, ni publicaciones para unas oposiciones, ni trabajos editoriales con contrato de vencimiento inminente. Para mantener su dieta sin ninguna contaminación, esa afortunada persona tendría que abstenerse de leer los periódicos, no dejarse tentar jamás por la última novela o la última encuesta sociológica. Habría que ver hasta qué punto sería justo y provechoso semejante rigorismo. La actualidad puede ser trivial y mortificante, pero sin embargo es siempre el punto donde hemos de situarnos para mirar hacia adelante o hacia atrás. Para poder leer los libros clásicos hay que establecer desde dónde se los lee. De lo contrario tanto el libro como el lector se pierden en una nube intemporal. Así pues, el máximo «rendimiento» de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con una sabia dosificación de la lectura de actualidad. Y esto no presupone necesariamente una equilibrada calma interior: puede ser también el fruto de un nerviosismo impaciente, de una irritada insatisfacción. Tal vez el ideal sería oír la actualidad como el rumor que nos llega por la ventana y nos indica los atascos del tráfico y las perturbaciones meteorológicas, mientras seguimos el discurrir de los clásicos, que suena claro y articulado en la habilitación. Pero ya es mucho que para los más la presencia de los clásicos se advierta como un retumbo lejano, fuera de la habitación invadida tanto por la actualidad como por la televisión a todo volumen. Añadamos por lo tanto:

13. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.

14. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.

Queda el hecho de que leer los clásicos parece estar en contradicción con nuestro ritmo de vida, que no conoce los tiempos largos, la respiración del otium humanístico, y también en contradicción con el eclecticismo de nuestra cultura, que nunca sabría confeccionar un catálogo de los clásicos que convenga a nuestra situación. Estas eran las condiciones que se presentaron plenamente para Leopardi, dada su vida en la casa paterna, el culto de la Antigüedad griega y latina y la formidable biblioteca que le había legado el padre Monaldo, con el anexo de toda la literatura italiana, más la francesa, con exclusión de las novelas y en general de las novedades editoriales, relegadas al margen, en el mejor de los casos, para confortación de su hermana («tu Stendhal», le escribía a Paolina). Sus vivísimas curiosidades científicas e históricas, Giacomo las satisfacía también con textos que nunca eran demasiado up to date: las costumbres de los pájaros en Buffon, las momias de Frederick Ruysch en Fontenelle, el viaje de Colón en Robertson. Hoy una educación clásica como la del joven Leopardi es impensable, y la biblioteca del conde Monaldo, sobre todo, ha estallado. Los viejos títulos han sido diezmados pero los novísimos se han multiplicado proliferando en todas las literaturas y culturas modernas. No queda más que inventarse cada uno una biblioteca ideal de sus clásicos; y yo diría que esa biblioteca debería comprender por partes iguales los libros que hemos leído y que han contado para nosotros y los libros que nos proponemos leer y presuponemos que van a contar para nosotros. Dejando una sección vacía para las sorpresas, los descubrimientos ocasionales. Compruebo que Leopardi es el único nombre de la literatura italiana que he citado. Efecto de la explosión de la biblioteca. Ahora debería reescribir todo el artículo para que resultara bien claro que los clásicos sirven para entender quiénes somos y adónde hemos llegado, y por eso los italianos son indispensables justamente para confrontarlos con los extranjeros, y los extranjeros son indispensables justamente para confrontarlos con los italianos. Después tendría que reescribirlo una vez más para que no se crea que los clásicos se han de leer porque («sirven» para algo. La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos Y si alguien objeta que no vale la pena tanto esfuerzo, citaré a Cioran (que no es un clásico, al menos de momento, sino un pensador contemporáneo que sólo ahora se empieza a traducir en Italia): «Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. “¿De qué te va a servir?”, le preguntaron. “Para saberla antes de morir”»>>.

Italo Calvino, ¿Porqué leer los clásicos?, trad. Tusquets (Marginales), 1993.

PERCHÉ LEGGERE I CLASSICI?

Italo Calvino nel suo libro risponde così.

<<Cominciamo con qualche proposta di definizione.


1. I classici sono quei libri di cui si sente dire di solito “Sto rileggendo…” e mai “Sto leggendo…”

Questo avviene almeno tra quelle persone che si suppongono “di vaste letture”; non vale per la gioventù, età in cui l’incontro col mondo, e coi classici come parte del mondo, vale proprio in quanto primo incontro.

Il prefisso iterativo davanti al verbo “leggere” può essere una piccola ipocrisia da parte di quanti si vergognano d’ammettere di non aver letto un libro famoso. Per rassicurarli basterà osservare che per vaste che possano essere le letture “di formazione” d’un individuo, resta sempre un numero enorme d’opere fondamentali che uno non ha letto.
Chi ha letto tutto Erodoto e tutto Tucidide alzi la mano. E Saint­Simon? E il cardinale di Retz? Ma anche i grandi cicli romanzeschi dell’Ottocento sono più nominati che letti. Balzac in Francia si comincia a leggerlo a scuola, e dal numero delle edizioni in circolazione si direbbe che si continua a leggerlo anche dopo. Ma in Italia se si facesse un sondaggio Doxa temo che Balzac risulterebbe agli ultimi posti. Gli appassionati di Dickens in Italia sono una ristretta élite di persone che quando s’incontrano si mettono subito a ricordare personaggi e episodi come di gente di loro conoscenza. Anni fa Michel Butor, insegnando in America, stanco di sentirsi chiedere di Emile Zola
che non aveva mai letto, si decise a leggere tutto il ciclo dei Rougon­Macquart. Scoperse che era tutto diverso da come credeva: una favolosa genealogia mitologica e cosmogonica, che descrisse in un bellissimosaggio.

Questo per dire che il leggere per la prima volta un grande libro in età matura è un piacere straordinario: diverso (ma non si può dire maggiore o minore) rispetto a quello d’averlo letto in gioventù. La gioventù comunica alla lettura come a ogni altra esperienza un particolare sapore e una particolare importanza; mentre in maturità si apprezzano (si dovrebbero apprezzare) molti dettagli e livelli e significati in più. Possiamo tentare allora quest’ altra formula di definizione:

2. Si dicono classici quei libri che costituiscono una ricchezza per chi li ha letti e amati; ma costituiscono una ricchezza non minore per chi si riserba la fortuna di leggerli per la prima volta nelle condizioni migliori per gustarli.

Infatti le letture di gioventù possono essere poco proficue per impazienza, distrazione, inesperienza delle istruzioni per l’uso, inesperienza della vita. Possono essere (magari nello stesso tempo) formative nel senso che danno una forma alle esperienze future, fornendo modelli, contenitori, termini di paragone, schemi di classificazione, scale di valori, paradigmi di
bellezza: tutte cose che continuano a operare anche se del libro letto in gioventù ci si ricorda poco o nulla. Rileggendo il libro in età matura, accade di ritrovare queste costanti che ormai fanno parte dei nostri meccanismi interiori e di cui avevamo dimenticato l’origine. C’è una particolare forza dell’opera che riesce a farsi dimenticare in quanto tale, ma che lascia il suo seme. La definizione che possiamo darne allora sarà:

3. I classici sono libri che esercitano un’influenza particolare sia quando s’impongono come indimenticabili, sia quando si nascondono nelle pieghe della memoria mimetizzandosi da inconscio collettivo o individuale.

Per questo ci dovrebbe essere un tempo nella vita adulta dedicato a rivisitare le letture più importanti della gioventù. Se i libri sono rimasti gli stessi (ma anch’essi cambiano, nella luce d’una prospettiva storica mutata) noi siamo certamente cambiati, e l’incontro è un avvenimento del tutto nuovo. Dunque, che si usi il verbo “leggere” o il verbo “rileggere” non ha molta importanza. Potremmo infatti dire:

4. D’un classico ogni rilettura è una lettura di scoperta come la prima.

5. D’un classico ogni prima lettura è in realtà una rilettura.

La definizione 4 può essere considerata corollario di questa:

6. Un classico è un libro che non ha mai finito di dire quel che ha da dire.

Mentre la definizione 5 rimanda a una formulazione più esplicativa, come:

7. I classici sono quei libri che ci arrivano portando su di sè la traccia delle letture che hanno preceduto la nostra e dietro di sè la traccia che hanno lasciato nella cultura o nelle culture che hanno attraversato (o più semplicemente nel linguaggio o nel costume).

Questo vale per i classici antichi quanto per i classici moderni. Se leggo l’ “Odissea” leggo il testo d’Omero ma non posso dimenticare tutto quello che le avventure d’Ulisse sono venute a significare durante i secoli, e non posso non domandarmi se questi significati erano impliciti nel testo o se sono incrostazioni o deformazioni o dilatazioni. Leggendo Kafka non posso fare a meno di comprovare o di respingere la legittimità dell’aggettivo “kafkiano” che ci capita di sentire ogni quarto d’ora, applicato per dritto e per traverso. Se leggo “Padri e figli” di Turgheniev o “I demoni” di Dostoevskij non posso fare a meno di pensare come questi personaggi hanno continuato a reincarnarsi fino ai nostri giorni.

La lettura d’un classico deve darci qualche sorpresa, in rapporto all’immagine che ne avevamo. Per questo non si raccomanderà mai abbastanza la lettura diretta dei testi originali scansando il più possibile bibliografia critica, commenti, interpretazioni. La scuola e l’università dovrebbero servire a far capire che nessun libro che parla d’un libro dice di più del libro in questione; invece fanno di tutto per far credere il contrario. C’è un capovolgimento di valori molto diffuso per cui l’introduzione, l’apparato critico, la bibliografia vengono usati come una cortina fumogena per nascondere quel che il testo ha da dire e che può dire solo se lo si lascia parlare senza intermediari che pretendano di saperne più di lui. Possiamo concludere che:

8. Un classico è un’opera che provoca incessantemente un pulviscolo di discorsi critici su di sè, ma continuamente se li scrolla di dosso.

Non necessariamente il classico ci insegna qualcosa che non sapevamo; alle volte vi scopriamo qualcosa che avevamo sempre saputo (o creduto di sapere) ma non sapevamo che l’aveva detto lui per primo (o che comunque si collega a lui in modo particolare). E anche questa è una sorpresa che dà molta soddisfazione, come sempre la scoperta d’una origine, d’una relazione, d’una appartenenza. Da tutto questo potremmo derivare una definizione del tipo:

9. I classici sono libri che quanto più si crede di conoscerli per sentito dire, tanto più quando si leggono davvero si trovano nuovi, inaspettati, inediti.

Naturalmente questo avviene quando un classico “funziona” come tale, cioè stabilisce un rapporto personale con chi lo legge. Se la scintilla non scocca, niente da fare: non si leggono i classici per dovere o per rispetto, ma solo per amore. Tranne che a scuola: la scuola deve farti conoscere bene o male un certo numero di classici tra i quali (o in riferimento ai quali) tu potrai in seguito riconoscere i “tuoi” classici. La scuola è tenuta a darti degli strumenti per esercitare una scelta; ma le scelte che contano sono quelle che avvengono fuori e dopo ogni scuola.

É solo nelle letture disinteressate che può accadere d’imbatterti nel libro che diventa il “tuo” libro. Conosco un ottimo storico dell’arte, uomo di vastissime letture, che tra tutti i libri ha concentrato la sua predilezione più profonda sul “Circolo Pickwick” , e a ogni proposito cita battute del libro di Dickens, e ogni fatto della vita lo associa con episodi pickwickiani. A poco a poco lui stesso, l’universo, la vera filosofia hanno preso la forma del “Circolo Pickwick” in un’identificazione assoluta. Giungiamo per questa via a un’idea di classico molto alta ed esigente:

10. Chiamasi classico un libro che si configura come equivalente dell’universo, al pari degli antichi talismani.

Con questa definizione ci si avvicina all’idea di libro totale, come lo sognava Mallarmé. Ma un classico può stabilire un rapporto altrettanto forte d’opposizione, d’antitesi. Tutto quello che Jean­ Jacques Rousseau pensa e fa mi sta a cuore, ma tutto m’ispira un incoercibile desiderio di contraddirlo, di criticarlo, di litigare con lui. C’entra la sua personale antipatia su un piano temperamentale, ma per quello non avrei che da non leggerlo, invece non posso fare a meno di considerarlo fra i miei autori. Dirò dunque:

11. Il “tuo” classico è quello che non può esserti indifferente e che ti serve per definire te stesso in rapporto e magari in contrasto con lui.

Credo di non aver bisogno di giustificarmi se uso il termine “classico” senza fare distinzioni d’antichità, di stile, d’autorità. Quello che distingue il classico nel discorso che sto facendo è forse solo un effetto di risonanza che vale tanto per un’opera antica che per una moderna ma già con un suo posto in una continuità culturale. Potremmo dire:

12. Un classico è un libro che viene prima di altri classici; ma chi ha letto prima gli altri e poi legge quello, riconosce subito il suo posto nella genealogia.

A questo punto non posso più rimandare il problema decisivo di come mettere in rapporto la lettura dei classici con tutte le altre letture che classici non sono.
Problema che si connette con domande come: “Perchè leggere i classici anziché concentrarci su letture che ci facciano capire più a fondo il nostro tempo?” e “Dove trovare il tempo e l’agio della mente per leggere dei classici, soverchiati come siamo dalla valanga di carta stampata dell’ attualità?”.

Certo si può ipotizzare una persona beata che dedichi il “tempo­lettura” delle sue giornate esclusivamente a leggere Lucrezio, Luciano, Montaigne, Erasmo, Quevedo, Marlowe, il “Discours de la Metode ” , il “Wilhelm Meister”, Coleridge, Ruskin, Proust e Valéry, con qualche divagazione verso Murasaki o le saghe islandesi. Tutto questo senza aver da fare recensioni dell’ultima ristampa, né pubblicazioni per il concorso della cattedra, né lavori editoriali con contratto a scadenza ravvicinata. Questa persona beata per mantenere la sua dieta senza nessuna contaminazione dovrebbe astenersi dal leggere i giornali, non lasciarsi mai tentare dall’ultimo romanzo o dall’ultima inchiesta sociologica. Resta da vedere quanto un simile rigorismo sarebbe giusto e proficuo. L’attualità può essere banale e mortificante, ma è pur sempre un punto in cui situarci per guardare in avanti o indietro. Per poter leggere i classici si deve pur stabilire “da dove” li stai leggendo, altrimenti sia il libro che il lettore si perdono in una nuvola senza tempo. Ecco dunque che il massimo rendimento della lettura dei classici si ha da parte di chi ad essa sa alternare con sapiente dosaggio la lettura d’attualità. E questo non presume necessariamente una equilibrata calma interiore: può essere anche il frutto d’un nervosismo impaziente, d’una insoddisfazione sbuffante.

Forse l’ideale sarebbe sentire l’attualità come il brusio fuori della finestra, che ci avverte degli ingorghi del traffico e degli sbalzi meteorologici, mentre seguiamo il discorso dei classici che suona chiaro e articolato nella stanza. Ma è ancora tanto se per i più la presenza dei classici s’avverte come un rimbombo lontano, fuori dalla stanza invasa dall’attualità come dalla televisione a tutto volume. Aggiungiamo dunque:

13. È classico ciò che tende a relegare l’attualità al rango di rumore di fondo, ma nello stesso tempo di questo rumore di fondo non può fare a meno.

14. È classico ciò che persiste come rumore di fondo anche là dove l’attualità più incompatibile fa da padrona.

Resta il fatto che il leggere i classici sembra in contraddizione col nostro ritmo di vita, che non conosce i tempi lunghi, il respiro dell’ “otium” umanistico; e anche in contraddizione con l’eclettismo della nostra cultura che non saprebbe mai redigere un catalogo della classicità che fa al caso nostro.

Erano le condizioni che si realizzavano in pieno per Leopardi, data la sua vita nel paterno ostello, il culto dell’antichità greca e latina e la formidabile biblioteca trasmessigli dal padre Monaldo, con annessa la letteratura italiana al completo, più la francese, ad esclusione dei romanzi e in genere delle novità editoriali, relegate tutt’ al più al margine, per conforto della sorella (“il tuo Stendhal” scriveva a Paolina). Anche le sue vivissime curiosità scientifiche e storiche, Giacomo le soddisfaceva su testi che non erano mai troppo “up to date” : i costumi degli uccelli in Buffon, le mummie di Federico Ruysch in Fontenelle, il viaggio di Colombo in Robertson.

Oggi un’educazione classica come quella del giovane Leopardi è impensabile, e soprattutto la biblioteca del conte Monaldo è esplosa. I vecchi titoli sono stati decimati ma i nuovi sono moltiplicati proliferando in tutte le letterature e le culture moderne. Non resta che inventarci ognuno una biblioteca ideale dei nostri classici; e direi che essa dovrebbe comprendere per metà libri che abbiamo letto e che hanno contato per noi, e per metà libri che ci proponiamo di leggere e presupponiamo possano contare. Lasciando una sezione di posti vuoti per le sorprese, le scoperte occasionali.

M’accorgo che Leopardi è il solo nome della letteratura italiana che ho citato. Effetto dell’esplosione della biblioteca. Ora dovrei riscrivere tutto l’articolo facendo risultare ben chiaro che i classici servono a capire chi siamo e dove siamo arrivati e perciò gli italiani sono indispensabili proprio per confrontarli agli stranieri, e gli stranieri sono indispensabili proprio per confrontarli agli italiani.

Poi dovrei riscriverlo ancora una volta perché non si creda che i classici vanno letti perché “servono” a qualcosa. La sola ragione che si può addurre è che leggere i classici è meglio che non leggere i classici.

E se qualcuno obietta che non val la pena di far tanta fatica, citerò Cioran (non un classico, almeno per ora, ma un pensatore contemporaneo che solo ora si comincia a tradurre in Italia): “Mentre veniva preparata la cicuta, Socrate stava imparando un’aria sul flauto. “A cosa ti servirà?” gli fu chiesto. “A sapere quest’ aria prima di morire”. >>.

Italo Calvino, Perchè leggere i classici?, Mondadori, 1991.